Recuperar “los sueños audaces y las acciones atrevidas de Champagnat” en la construcción del nuevo Hermitage
Hno. Javier Espinosa
Casa de Formación, Guatemala
El mensaje final del h. Peter clausurando el Capítulo General me ha motivado estas líneas. Con todo esperanzador nos invitaba a “construir juntos el nuevo Hermitage”. Invitación que focaliza el caminar del Instituto para los próximos años. Percibo una propuesta global para cada marista laico y hermano, pero también para todo el instituto como gran familia carismática.
Motivación Inspiradora
Siento en mi corazón los ecos tanto del mensaje del h. Peter como de la circular del H. Seán, Reivindicar el espíritu del Hermitage. Ellos han guiado el sencillo itinerario de estas líneas. Tanto Peter como Seán nos dicen que construir juntos el nuevo Hermitage nos llama a volver al corazón, al centro de nuestra identidad y misión como maristas. Nos lleva a nuestros orígenes. Nos invita a redescubrir lo que inspiró a Marcelino Champagnat en su tiempo y lugar, y aplicarlo hoy en nuestro Instituto. Nos dicen que si queremos renovar nuestros Instituto y sus obras, ante todo y sobre todo debemos impregnarnos de ese espíritu del Hermitage, adoptando la mente y el corazón del Fundador.
Así de explícito es el h. Seán: “En estos momentos nos toca reivindicar y hacer nuestro aquel espíritu con el que se levantó el Hermitage. Los que allí trabajaron eran hombres de sueños audaces y acciones atrevidas, sus corazones estaban llenos de fuego. Corrieron riesgos, desde luego. Pero lo que llevaron a cabo, con tan escasos medios, debe movernos a nosotros a hacer los mismo”.
En síntesis, construir el nuevo Hermitage supone encontrarnos con Marcelino y con los que con él vivieron, y hacer nuestra la fe que ellos tuvieron, su visión, su valentía, su audacia para llevar las ideas a la acción. Sueños audaces y acciones atrevidas son determinantes para la nueva construcción.
Una mirada al corazón de Marcelino en la primera construcción
La casa del Hermitage evoca hondura y solidez. Sabe a identidad maristas. Refleja la santidad de san Marcelino. Acoge la vida lúcida y entregada de Francisco, Silvestre, Lorenzo, Estanislao, Juan Pedro…La canción de Kairoi la califica de casa fuerte, casa del Señor.
La elección del lugar donde se construye la casa, el valle del Gier, tiene el color de María flor del campo, interioridad, belleza, sonrisa, aire puro, mañana de mayo…El valle del Hermitage es símbolo de la presencia de María en nuestros orígenes. Presencia discreta, sencilla, que alienta e inspira. Es invitación a la esperanza.
La casa del Hermitage nace entre el susurro y la polifonía del agua del Gier. El rumor del agua del Gier es rumor de orígenes, de inicios, es rumor de vida marista. Suena a corazones despiertos, a horizontes sin fronteras. La casa está construida sobre roca. Señala la roca firme para todo proyecto y propuesta marista. A pesar de los comentarios desfavorables que recibió Champagnat, él se mantuvo siempre confiado en Dios. “Cuando se tiene a Dios consigo, repetía con frecuencia a los Hermanos, cuando sólo se cuenta con él, nada resulta imposible. Todo lo puedo en aquel que me conforta”.
Marcelino levantando la casa del Hermitage construyó una familia. Este hermoso el texto nos lo recuerda: “Marcelino hizo algo más que construir un edificio en aquel valle; también empezó a modelar el carácter de los Hermanitos de María. Y lo hizo entregándose con ánimo a la faena, y organizando a los primeros hermanos para que trabajaran junto a él y los pocos albañiles profesionales que había contratado. Durante más de un año se mantuvieron a pie de obra, desde la salida del sol hasta el ocaso, rezaron con regularidad y compartieron un estilo de vida ciertamente austero”.
Champagnat y los primeros hermanos hacen de todos los espacios, lugares sagrados. Nos hablan de una espiritualidad encarnada. El trabajo intenso lo supieron integrar con su dinámica de fe. Sabían que sus brazos se convertían en los brazos de Dios. Que su fuerza y su entrega eran la fuerza de Dios. Todos sus tiempos eran tiempos de Dios.
Conciencia institucional del cambio
El llamado constante a la conversión, al crecimiento, al cambio…, que nos hace el Señor, tanto a las personas como a las instituciones, aparece en nuestra historia aparece como eje transversal de nuestros Capítulos Generales e inspiración de nuestros Superiores. El XXI Capítulo General (2009) fue tan determinante al respecto: “¡Con María salgan deprisa a una nueva tierra! Dispuestos a movernos, a desprendernos, a comprometernos en un itinerario de conversión tanto personal como institucional”.
Es motivo gratificante percibir ese eje transversal que aparece en la historia de nuestros Capítulos, pero también me queda la inquietud, que resulta una pregunta: ¿Qué hemos aprendido de los logros conseguidos y de los límites experimentados en esos procesos, promovidos por los Capítulos Generales y acuerpados por nuestros Superiores? ¿Mensajes hermosos, lemas motivadores, gestos de conversión, propuestas de significado…?
Un recuerdo agradecido, aunque escueto, de nuestro últimos Superiores, que, de forma atrevida, nos motivaron al cambio y conversión. Sirvan unos cortos párrafos:
- El h. Basilio (1967). Expresión utilizada: “Hay que ayudar a la aurora a nacer”. Lo importante es que el soplo venga del Espíritu y que sepamos discernirlo a tiempo. ” La vida religiosa, creo yo, o engendra una nueva vida o muere”.
- El h. Charles (1985) destaca la fuerza laical en la Iglesia y en el Instituto. “Es una bendición y un gozo para nosotros los hermanos, y para vosotros los seglares, sentirnos llamados a compartir nuestras mutuas riquezas y a vivir juntos una aventura espiritual y apostólica fascinante”.
- El h. Benito (1993) hace eco de la expresión del XIX Capítulo General: ¡Contamos contigo para esta refundación del Instituto! “Refundar es reorientar efectivamente el Instituto en la línea de las intuiciones e intenciones que tuvo el Fundador en los orígenes de la Congregación”. “Lo importante es iniciar proyectos en provincias y distritos que ayuden a perder el miedo y a cambiar el corazón”.
- El h. Seán (2001) expresó: “El espíritu de Notre Dame de l’Hermitage nos ayudará a encontrar respuestas nuevas y decididas a las llamadas que resuenan actualmente en la Iglesia, así como en nuestro estilo de vida y misión”.
- El h. Emili (2009) nos dijo que “se trata es de actualizar La Valla en estos inicios del siglo XXI, cuando un nuevo mundo está emergiendo. El Instituto marista no nació de una vez por todas en 1817, sino que sigue naciendo”.
- El h. Ernesto (2017). “Somos invitados nuevamente hoy a construir hogares de luz que generan nueva vida. ¿Cómo imaginamos que Dios sueña el carisma marista para nuestros días y para el futuro?”.
- El H. Peter (2025) expresó: “Junto con todos los que aman este carisma, tenemos la responsabilidad de reimaginarlo para esta nueva era. Es una gran responsabilidad, pero también una maravillosa oportunidad”.
Constructores desde un nuevo ecosistema eclesial
Me parece iluminador dar fundamento eclesial a esta invitación a construir un nuevo Hermitage, entre todos. Donde no son concesiones que se ofrecen, sino expresiones auténticas de una Iglesia-comunión, donde “la acción evangelizadora de los laicos está cambiando la vida eclesial” (Juan Pablo II en Redemptoris missio). Un libro reciente publicado por Edelvives: UNA NUEVA AURORA de Antonio Botana y Chema Pérez-Soba, han motivado este apartado.
Cuáles son algunos componentes del ecosistema Iglesia-comunión: Una Iglesia toda ella ministerial, donde la misión, la única misión de la Iglesia, es compartida por todos, con la referencia a los sacramentos de la iniciación (Bautismo, Confirmación, Eucaristía) como fuente y fundamento común de toda vida cristiana. Donde todos tienen una igual dignidad, que solo la da el bautismo. Donde los laicos, al igual que todos los demás, son protagonistas, y no solo “objeto” de la evangelización, y ello nos le viene por cesión de la jerarquía, sino por los sacramentos de la iniciación. Donde el sacerdocio común de los fieles y el ministerial de los presbíteros se ordenan el uno al otro sin que ello suponga preeminencia de nadie. Donde cada uno, desde su vocación, desde su carisma, desde su ministerio, se convierte en signo para todos los demás. Donde todos están llamados igualmente a la santidad, y donde la llamada a la radicalidad evangélica se presenta como característica bautismal que se puede vivir en una diversidad de vocaciones cristianas.
Sin duda que este planteamiento eclesial promueve un nuevo perfil de acción laical en ese construir juntos el nuevo Hermitage. Este proceso laical ha replanteado la identidad de la vida religiosa. Algunas dimensiones pertenecientes a la esencia cristiana, como consagración, misión, comunidad, o consejos evangélicos…que parecían exclusivas de la vida religiosa, ahora son recuperadas para todos los creyentes. En el nuevo ecosistema eclesial, que expresa Botana y Pérez-Soba, la clave de todo está en las relaciones, en la comunión para la misión, entre los diversos seres vivos que componen el ecosistema. Las nuevas relaciones se establecen sobre lo que une, no sobre lo que separa. La misión, que es común a todos, llama a la comunión.
Aproximaciones a pistas de camino
Si bien la propuesta de construir el nuevo Hermitage es trabajo conjunto de hermanos y laicos, quiero subrayar el perfil laical, destacando algunas aproximaciones.
- Ser constructores desde un proceso de encarnación laical del carisma. Tal encarnación supone para los laicos que se identifican con el carisma, descubrir el modo laical de vivirlo. No se trata de inventar otro carisma, sino de detectar su expresión propia, su modo de vivirlo, que en muchas cosas será similar al de los hermanos, pero en otras muchas será diferente. La encarnación laical del carisma supone una reformulación del mismo, discernida por todos. Esta reformulación brota de la experiencia interior de sentirse revelado, o desvelado, por el carisma.
- Percibir la vocación laical como vocación referencial. Supone percibir el suelo común de nuestras raíces: todos nacemos a la fe y entramos en la Iglesia como laicos (miembros del pueblo cristiano), y en este marco común somos llamados a ejercer diversas funciones al servicio de la comunidad. Esta dimensión laical nunca nos abandona. El laico es referencia original para la vida consagrada, pues le recuerda cuál es su origen. “La plenitud de la vida cristiana, el radicalismo del Evangelio y la perfección en el amor, ya no son metas exclusivas de la vida religiosa, sino que corresponden naturalmente a la vocación laical, que puede lograrlas en las mediaciones normales de la vida humana, como son el matrimonio y la familia, entre otras” (Nueva aurora).
- Asumir que “Dios entra por la herida. El caos es el terreno fértil de la creatividad” (h. Peter). Nos lo recuerda el h. Ernesto: “Quizá con frecuencia nos invade la tristeza y la desolación, vivimos tiempos confusos. En los últimos años han cambiado tantas cosas en el Instituto, en la Iglesia, en la sociedad… algunos no logramos entender todo este movimiento. A otros nos cuesta mucho vivir en tiempos de incertidumbre”. Y complementa el h. Peter: “No podemos reconstruir nuestro Instituto o nuestra Iglesia regresando a un pasado idealizado, sino reconociendo las experiencias reales, a menudo dolorosas, de nuestro tiempo. Debemos abrazar nuestras propias heridas y limitaciones como el terreno mismo desde el cual el Espíritu actúa con mayor poder”. Afirmación de hondo calado evangélico. Lo vivió Champagnat a través de sus años. Las mil dificultades que experimentó las amasó con una plena confianza en Dios.
- La comunión se encarna en la comunidad. Vivir el carisma marista es vivir una experiencia de comunión. Pero sabemos que la comunión se encarna en la comunidad. La comunión necesita alimentarse y echar raíces con personas concretas, en estructuras visibles, con gestos y signos en los que nos identificamos. Es decir, la comunión se encarna en la comunidad. La dimensión comunitaria conforma nuestro empeño de construir el nuevo Hermitage. Construimos JUNTOS. Supone promover, acompañar y cuidar las nuevas comunidades, sean de laicos, hermanos, comunidades mixtas, intercongregacionales.
- Estructuras nuevas para una vida nueva. El nuevo Hermitage implica arriesgarse y adentrarse en nuevos caminos. Necesitamos odres nuevos para el vino nuevo. Propuestas valientes y audaces, que desarrollen estructuras (colegiales y personales) de discernimiento, coordinación, decisión, en las que intervengan los laicos junto a las personas religiosas, en igualdad de condiciones: desde comisiones especializadas en aspectos de la misión, consejos que aporten orientación y criterio a los últimos responsables, asambleas que asumen el camino del discernimiento para las grandes opciones institucionales. Novedad en el espíritu, novedad en las estructuras.
Me parece hermoso afirmar: Juntos es posible construir el nuevo Hermitage. Es posible construirlo “haciendo nuestra la fe que Champagnat y los primeros hermanos tuvieron, igual que su valentía, su visión, su audacia y su corazón lleno de fuego” (h. Seán). Es posible construir el nuevo Hermitage puesta nuestra mirada en Marcelino, que “construyó comunidad. Dio forma a la misión. Infundió confianza. Pero, sobre todo, sembró esperanza” (h. Peter). Confiados en el Dios de la vida el nuevo Hermitage puede ser faro de esperanza para las futuras generaciones maristas.