Un camino compartido que abre horizontes
Oficina de Comunicaciones
Instituto Marista La Inmaculada
En el Instituto Marista La Inmaculada, en Comayagua, Honduras, el día 24 de marzo del 2026 comenzó a escucharse sobre una iniciativa impulsada por los estudiantes de 12° de Informática para apoyar al centro Horizontes al Futuro. Entre cajas, organización y el entusiasmo de quienes decidieron involucrarse, la actividad empezó a llamar mi atención. Quise conocer qué había detrás de todo ese esfuerzo y, al conversar con Andrea Gámez, una de las alumnas, descubrí que más allá de una recolección solidaria, había el deseo de tener una experiencia que les diera la oportunidad de expresar su manera de entender la solidaridad.
Todo inició en el aula, cuando su compañera Madison propuso apoyar al centro Horizontes al Futuro. En un principio pensaron en donar libros, pero el Hermano Manolo les ayudó a enfocar mejor la realidad del lugar: ya contaban con suficientes libros, y lo que realmente necesitaban eran productos de limpieza e higiene personal. Ese momento marcó un cambio importante, porque la iniciativa tomó un rumbo más concreto y significativo.
Como grupo, decidieron pasar por las aulas para recolectar apoyo. Andrea recuerda que al inicio no fue fácil. Acercarse a otros compañeros, pedir ayuda y explicar la causa generaba cierta inseguridad. “A veces pensaba en cómo iban a reaccionar”, comparte. Sin embargo, había algo que la impulsaba a continuar: “sentía que estaba haciendo lo correcto”.
Poco a poco, la respuesta del colegio fue creciendo. Las cajas comenzaron a llenarse y los estudiantes se involucraron más de lo esperado. Al final, lograron reunir alrededor de veinte cajas. Pero más allá de la cantidad, lo más significativo fue el momento de la entrega.
“Los niños del Centro ayudaban a bajar las cajas, escuchaban atentos y agradecían con mucha alegría”, recuerda Andrea. Ese gesto sencillo le permitió comprender que muchas veces se valora poco lo que otros reciben con gratitud.
“Las palabras no tienen tanto impacto como las acciones.”
Durante el proceso también enfrentaron retos. En un primer momento, algunas aulas no habían aportado lo suficiente, lo que generó preocupación. Sin embargo, al dar un poco más de tiempo, la respuesta cambió: más apoyo, más compromiso y una mejor organización.
Para Andrea, esta experiencia dejó aprendizajes que van más allá del aula. “No se trata solo de dar, sino de involucrarse, escuchar y entender lo que otros realmente necesitan”, expresa.
Hoy, su manera de ver la realidad es distinta. Valora más lo que tiene y reconoce que incluso lo más básico puede ser significativo para otros. Sobre todo, confirma que cada pequeño aporte puede generar un impacto real.
Porque, como ella misma concluye, cuando uno se atreve a dar, también aprende a mirar distinto.
Y tal vez ahí está el verdadero valor de experiencias como esta: descubrir que la solidaridad no solo transforma la vida de quienes reciben, sino también el corazón de quienes deciden involucrarse. El apoyo al centro Horizontes al Futuro nos recuerda que siempre habrá formas de ayudar, escuchar y acompañar desde lo sencillo. Por eso, más que una actividad, esta experiencia se convierte en una invitación a seguir construyendo una comunidad marista cercana, sensible y dispuesta a caminar junto a quienes más lo necesitan.