A VECES, PARA VOLVER A ENCONTRAR EL CAMINO, BASTA CON VOLVER A CASA

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Ely Rivera

Instituto Marista La Inmaculada, Honduras

Hay lugares a los que uno vuelve sin saber muy bien por qué. Y hay otros a los que, aunque pase el tiempo, el corazón siempre sabe regresar.

Soy Ely Rivera, de Comayagua, Honduras, y mi historia con el mundo marista comenzó mucho antes de formar parte de su personal. Fui alumna del Instituto Marista La Inmaculada y, después de graduarme, regresé en diferentes momentos y por distintas razones. Sin darme cuenta, cada regreso fue dejando algo en mí.

Poco a poco descubrí que aquello que me atraía no era solamente un lugar, sino una manera de vivir: el espíritu de familia, la cercanía, la sencillez y esa forma tan propia de hacer sentir al otro que pertenece.

En 2018 tuve la oportunidad de regresar al Instituto, esta vez como parte del personal. Desde entonces, mi historia marista tomó otro rumbo. He tenido la oportunidad de crecer no solo profesionalmente, sino también como persona.

Miro estos años con profunda gratitud a Dios y a los Hermanos por la confianza, por las oportunidades y, sobre todo, por las personas que han acompañado mi camino. Porque si algo he aprendido dentro de esta familia es que la misión nunca se construye en soledad.

También he vivido momentos de búsqueda, cansancio y preguntas. Momentos en los que necesitamos detenernos y preguntarnos nuevamente por qué hacemos lo que hacemos. Quizá por eso, lo que ocurrió durante un viaje a Guatemala, en julio de 2026, llegó a mi vida en el momento preciso.

Viajé para compartir unos días con mi amiga Erika, a quien conocí en Formar 2019. Erika es de esas personas que uno agradece haber encontrado en el camino. Inspira con su manera de servir y, al mismo tiempo, sabe acompañar, acoger y escuchar. En ella también he descubierto ese espíritu de familia que tanto valoro.

Durante el viaje surgió una invitación para visitar la Casa Marista de la Zona 6. Allí, el hermano Javier me invitó a ir a la Escuela Marista, donde tendría la oportunidad de visitar a mi amiga Evelyn, a quien también conocí en Formar.

Evelyn ha sido para mí una de esas personas que, con su ternura y cercanía, me ayudaron a abrir el corazón y a recordar que también es posible dejarse acompañar.

Al llegar, me encontré con el lanzamiento de la Campaña de Solidaridad. Yo ya sabía que los fondos estarían destinados al Centro Horizontes al Futuro, la segunda obra marista en Comayagua, mi ciudad.

Sin embargo, estar allí, tan lejos de casa y al mismo tiempo tan cerca, tuvo un significado especial.

La directora Patricia me recibió con esa calidez que tantas veces he experimentado en los espacios maristas y me invitó a compartir unas palabras con los estudiantes de cuarto y quinto, gracias también al acompañamiento de Mónica, coordinadora de Pastoral.

Me encontré frente a aquellos jóvenes, hablándoles de solidaridad, compromiso y de la importancia de mirar más allá de nosotros mismos. Y mientras les hablaba, algo también se estaba moviendo dentro de mí.

Después de unos días en los que había sentido la necesidad de volver a encontrar sentido, aquella experiencia sencilla se convirtió en un regalo. No hubo un gran discurso ni un acontecimiento extraordinario. Solo personas que abrieron una puerta, una institución que recibió, jóvenes dispuestos a colaborar y una obra de mi propia ciudad que, estando tan lejos, me recordó de dónde vengo y por qué sigo caminando.

Quizá así actúa Dios muchas veces: sin hacer demasiado ruido.

Me recordó por qué amo el carisma marista. Me recordó que la misión no depende de tener siempre todas las respuestas ni de sentirnos fuertes todos los días. A veces también consiste en permanecer, confiar y dejar que otros nos sostengan cuando lo necesitamos.

Pienso en Marcelino Champagnat y en su camino. También él conoció momentos de incertidumbre, dificultades y cansancio. Su historia no fue la de un hombre que tuvo siempre todo claro, sino la de alguien que supo confiar, caminar y descubrir, en medio de las dificultades, una llamada que iba más allá de él mismo.

Quizá ahí está una de las grandes riquezas del carisma: recordarnos que nunca caminamos solos.

Hoy comprendo que mi historia marista no comenzó cuando regresé al colegio en 2018. Comenzó mucho antes, cuando siendo estudiante aprendí que una institución puede convertirse en familia.

Y continúa cada día en las personas que encuentro; en quienes me acompañan con una palabra, un abrazo, una oportunidad, una mirada o, simplemente, estando presentes.

Aquel viaje a Guatemala terminó siendo mucho más que un viaje. Fue una pausa para volver a mirar mi camino con otros ojos y recordar que todavía hay mucho por hacer, muchas vidas que acompañar y muchas semillas que sembrar.

Hay una frase que nació de mis años como docente dentro de la institución y que, con el tiempo, se ha convertido también en una manera de entender mi propia misión:

“Aquí aprendí que, para avanzar, es necesario estar presentes en la vida del otro.”

Porque a veces somos nosotros quienes acompañamos. Y otras veces somos nosotros quienes necesitamos ser acompañados.

A veces creemos que estamos llevando algo a los demás y descubrimos que somos nosotros quienes recibimos el regalo.

Por eso sigo caminando con el corazón agradecido. Agradecida por quienes me han abierto las puertas, por quienes han confiado en mí, por quienes han compartido el camino y por quienes, sin saberlo, han sido luz en momentos importantes.

Porque ser parte de esta familia no significa tener siempre el camino despejado. Significa saber que, aun cuando no vemos con claridad, hay otros caminando a nuestro lado.

Y que, mientras haya alguien dispuesto a acompañar, servir y estar presente en la vida del otro, siempre habrá una estrella que nos recuerde hacia dónde mirar.

Mi recorrido marista me ha reafirmado una certeza profunda: los otros me hacen existir.

Soy porque somos.

Soy persona con los otros.
Soy creyente con los otros.
Soy marista con los otros.

Y quizá, al final, eso es volver a casa: descubrir que el camino nunca se recorre en soledad y que, cuando nos dejamos acompañar, también encontramos nuevamente el sentido de nuestra propia misión.

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