UN VOLUNTARIADO QUE ME TRANSFORMÓ
Leonor Mercedes Bonilla Rodríguez
Casa de Formación, Guatemala
¿Se imaginan haber cumplido recién los 18 años de edad y, una semana después, irse a otro país a hacer un voluntariado? Pues eso hice yo, y hoy les vengo a contar un poco de mi experiencia.
Me gustaría empezar expresando mi infinita gratitud por todo lo vivido y la resiliencia que desarrollé durante este proceso. Al final, todo se resume en una sola palabra: GRACIAS. Imaginen que lo digo feliz y llena de alegría, jajaja.
Directo de Costa Rica, llegué el 1 de marzo a la Casa de Formación Marista, en Chinautla, zona 6 de Guatemala, sin imaginar cuánto impacto tendría en mí.
Para quienes no conocen la Casa de Formación de los Hermanos Maristas en Guatemala, les pongo en contexto; Esta es una residencia en donde vive una comunidad de Hermanos Maristas en donde se forma a los candidatos a ser Hermanos, esto es, jóvenes aspirantes en etapa inicial; también están Hermanos jóvenes que ya hicieron sus votos y actualmente están estudiando su carrera universitaria. Algunos de ellos tienen su apostolado ya sea en la Escuela Marista o en la Escuela Moisés Cisneros. Éramos ocho personas, todas de distintas nacionalidades y formas de ser, viviendo en la misma casa.
Dentro de la comunidad, la realidad es que todos nos encontrábamos en diferentes etapas de nuestras vidas. Esta diversidad de experiencias generaba conversaciones enriquecedoras y distintas formas de comprender el servicio, la vocación y el compromiso con los demás.
La rutina comunitaria incluía espacios compartidos como las comidas, los momentos de oración, las actividades recreativas y las responsabilidades de la casa.
Es un hecho que todos nosotros, en nuestra autenticidad y con nuestras diferencias, tenemos una forma única de aportar al mundo.
Por otra parte durante mi estancia observé situaciones que me impactaron. Guatemala comparte con otros países de la región desafíos como el trabajo infantil, la pobreza, la inseguridad, la inconciencia ambiental y las dificultades de acceso a una educación de calidad. Recuerdo especialmente la impresión que me causó la contaminación que observaba camino a la Escuela Moisés Cisneros. Veía basura acumulada a lo largo de la carretera y sentía una profunda frustración. Quería bajarme del vehículo y limpiarlo todo.
Ahora les voy a contar un poco de mi rutina como voluntaria. Gracias a Dios, siempre eran semanas llenas de actividades.
Los lunes y martes por la mañana asistía a la Escuela Moisés Cisneros junto con otros miembros de la comunidad. Los viernes también apoyaba en REMAR. Los martes y jueves por la tarde jugaba baloncesto con la comunidad. Los fines de semana normalmente había actividades de la agenda marista y comunitaria. Cuando no las había, disponíamos de tiempo personal.
Los miércoles, jueves y viernes colaboraba en la Escuela Marista: en las mañanas, con segundo grado, clases A y B, como apoyo a las docentes con lo que se necesitara en ese momento; y, por la tarde, con tercero básico y ambos bachilleratos, principalmente en las clases de inglés y laboratorio de ciencias. Sin embargo, siempre encontraba más formas de apoyar y de formar parte de nuevas dinámicas.
Me gustaría decirles que la reciprocidad y el amor que recibí por parte de la escuela fueron inmensos. Cada carta, cada dibujo, cada conversación, cada sonrisa, cada gesto de cariño y cada detalle significaron mucho para mí. Todos podríamos aprender a amar un poco más, como ellos me enseñaron a mí. A llenarnos de alegría al ver a alguien que apreciamos. A no necesitar una razón para demostrar cariño. Fue entonces cuando comprendí algo que había estado frente a mí todo el tiempo: siempre he estado rodeada de amor.
Sin duda, todo el personal docente y administrativo, así como el equipo de seguridad, mantenimiento y limpieza de la institución, se ganaron mi admiración, cariño y respeto. Créanme cuando les digo que la ayuda que damos nunca sobra. Aunque muchas veces se sienta así, nuestra presencia sí hace la diferencia.
Pienso que, como voluntarios, somos faros de luz; eso lo aprendí en Navs de mi Colegio Marista en Alajuela. Podemos llevar y compartir nuestra luz con los demás, y también dejarnos iluminar por ellos.
El voluntariado no es solo para personas de buen corazón, sino para quienes se atreven a ser valientes y dar lo mejor de sí. Si algo recomendaría a cualquier joven que esté considerando realizar un voluntariado como este, es trabajar previamente en su gestión emocional. Siento que algunos problemas personales que llevaba conmigo no me permitieron disfrutar plenamente de ciertos momentos.
Hoy, al mirar hacia atrás, puedo decir con certeza que lo agradezco todo: lo bueno y lo malo, lo que disfruté y lo que no, lo que me incomodó, lo que me desafió, lo que me hizo cuestionar mis creencias, las retroalimentaciones, los regaños, los regalos y cada instante en el que me sentí enojada, feliz, triste o emocionada. Todo tuvo un propósito en el plan perfecto de Dios. Todo, en conjunto, me impulsó a crecer, me formó, me enseñó, me sacó de mi zona de confort y, sobre todo, me transformó.
Como yo lo veo, todos tenemos una semillita de servicio y bondad dentro de nosotros, la cual regamos con amor, ya sea con palabras o con acciones. A medida que esa plantita va creciendo, con ella florecen sentimientos como la felicidad, el bienestar y la paz. Ahora te pregunto a ti, lector, que estás leyendo esto: ¿de qué forma vas a regar tu plantita hoy?