El nacimiento de Jesús y el amor de la Sagrada Familia

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Hno. Rodrigo Cuesta

Hermano Marista

El mes de diciembre es un mes lleno de esperanza (el tiempo de Adviento es un grito de esperanza) y lleno de la nueva vida que Jesús nos da con su nacimiento. El Hijo de Dios se hace hombre y habita entre nosotros, como uno más entre nosotros. La familia en la cual nace Jesús está construida sobre Dios, el amor, la responsabilidad y el compromiso con el hijo que nace en su seno.

Jesús nació en Belén de Judea, un pueblo al sur de Palestina. Sus padres, María y José, eran dos pastores que vivían en el pequeño Pueblo de Nazaret. Unos meses antes, el ángel Gabriel visitó a María, que ya estaba comprometida con José, para anunciarle que sería la madre del Hijo de Dios. Así se conformó la Sagrada Familia de Nazaret. La familia de Jesús se constituyó a partir de la buena noticia de su nacimiento. El Nacimiento de su hijo los tomó por sorpresa y al no haber alojamiento en este pueblo, vivieron el parto en un establo. Un ángel anunció el nacimiento del niño a un grupo de pastores que se encontraba cerca: “No tengan miedo, hoy les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lucas 2, 8-16).

La familia de Nazareth es pobre y sencilla, pero es feliz, aunque no exenta de dificultades. Tuvo sus problemas y angustias. Bajo la amenaza de muerte dictada por un déspota, tuvo que huir de noche buscando refugio en un país extranjero con los sufrimientos consiguientes, fácilmente imaginables si pensamos en los actuales catorce millones de refugiados esparcidos en todos los puntos cardinales huyendo de persecuciones políticas y religiosas. Con la compañía de sus padres, Jesús fue comprendiendo su misión. A la vez, ellos asumieron su papel como pareja, acompañándose y colaborándose entre sí.

Marcelino te invita a buscar los tres primeros puestos: junto al pesebre, la cruz y el altar.  En este tiempo de manera especial descubre en el pesebre a un Dios que ha plantado su tienda en medio de nosotros (cf. Jn 1,14) y que viene a nosotros como hermano y amigo.

Jesús es para nosotros el rostro humano de Dios. En Belén encontramos la inocencia, sencillez, dulzura e incluso debilidad de un Dios que es capaz de conmover los corazones más duros… No hay espacio para el temor ante un Dios que se ha hecho niño.

Descubramos a ese Dios que ha plantado su tienda en medio de nosotros, y al que llamamos “hermano”.

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