VIVIR EN EL ESPÍRITU AL ESTILO MARISTA

Este título que se me ha propuesto, proviene del documento En torno a la misma mesa. El texto expresa que “Marcelino y los primeros hermanos vivieron en el Espíritu”. Mi sencilla reflexión busca interpretar el significado de la expresión y los llamados que se derivan para todo marista, seguidor de Jesús al estilo de Champagnat.

 El aliento del Espíritu se hace comienzo.La fuerza de vida de Marcelino y los primeros hermanos estaba sostenida por el soplo del Espíritu del Señor. Los inicios del Instituto no fueron fáciles. Pero ellos supieron acoger la energía vital y creadora de Dios que con variados verbos aparece en la Escritura: «invade», «llena», «se apodera de», «empuja», «irrumpe», «se adueña de», «lleva lejos», «arroja», «levanta y arrebata», «conduce» …

En la vida de Champagnat el Espíritu sabe de armonía con los flujos de la vida de todo comienzo… abriendo escuelas, sufriendo en las oficinas ministeriales de París, rompiendo rocas, caminado en la nieve… Su templo son todas las diócesis del mundo y su sagrario es el corazón de tantos niños y jóvenes necesitados.  En la historia marista el aliento del Espíritu provoca rupturas liberadoras, alegrías maravillosas. Se manifiesta en dolores y pérdidas… incluso muertes, que generan vida. El aliento del Espíritu en Marcelino adquiere la libertad del viento, no respeta fronteras, lo esencialmente humano se tensiona a su plenitud, conduce al servicio de la vida.

Para Marcelino, dejarse invadir, dejarse conducir por el Espíritu configura su camino espiritual. Así, como María de Nazaret, Marcelino se mueve en la discreción. Su riqueza interior es de profundo calado y son contagiosos su dinamismo personal, su alegría y su confianza en Dios. Los niños y jóvenes son sus amigos y le tienen un cariño especial. Los hermanos, a los que tanto ama, son los herederos de su espíritu. Su itinerario de fe le conduce hasta la primacía del amor. Es una espiritualidad práctica, que empapa lo cotidiano. Tanto los hermanos como los niños son para Champagnat el libro de Dios en el que aprende, y con el que enseña a leer la vida.

El proyecto fundamental de Dios para Marcelino no está separado del vivir. Más bien es en el vivir donde Champagnat se abre y acoge el designio amoroso de Dios. El aliento del Espíritu se convierte para él en un proyecto de convivencia fraterna, de diálogo y comunicación, de respeto y libertad. Es un proyecto de solidaridad con los niños más vulnerables.  Cercano a la gente de su región, y ante un mundo que cambiaba, Marcelino se atrevió a imaginar otras posibilidades más allá de lo que contemplaban los responsables de la Iglesia y los gobernantes de su tiempo. Su empeño y dinamismo le llevaron a reunir seguidores para fundar una nueva comunidad religiosa a los seis meses de su ordenación. El origen de este vigor apostólico era su inagotable confianza en Dios y su apertura al Espíritu.

Dice con frecuencia: “No puedo ver a un niño sin que me asalte el deseo de enseñarle el catecismo y decirle cuánto lo ama Jesucristo”. Experimenta la necesidad de educar la fe a través de la cultura. Todo ello constituye un proyecto de educación integral desde una óptica cristiana. El estilo educativo de Marcelino hunde sus raíces en su honda espiritualidad, en su profundo sentido de Dios. Su aportación educativa se cifra en la visión religiosa de la vida y de las personas, en un profundo sentido común, en la capacidad práctica para afrontar las diversas situaciones que se plantean, en la pedagogía de la presencia como la mejor forma de prevención y en la preferencia por los más pobres y abandonados. Con ojos compasivos, afirma: “Procuraré, especialmente, practicar la mansedumbre y, para llevar más fácilmente las almas a Dios, trataré con suma bondad a todo el mundo”.

El soplo del Espíritu airea todo corazón marista

La estatua de Champagnat del Vaticano es contemplada, a la distancia, desde muchos rincones del mundo. El soplo del Espíritu sigue moviendo el corazón de los maristas al contemplar la reciedumbre espiritual del Fundador, tan bien esculpida en el mármol de Carrara. En mis ejercicios de contemplación descubro algunas implicaciones que supone para todo seguidor de Jesús, el dejarse llevar por el Espíritu, como Champagnat.

 Abrirse a la novedad de Dios

El gesto de alzar al niño es símbolo de la inspiración del Espíritu que promueve la capacidad de soñar, de vivir con entereza, de ir contra la resignación y el pesimismo, de estar abiertos a la creatividad, a superar las ideas de siempre y los mismo caminos. El soplo del Espíritu nos debe animar a no renunciar al riesgo,  a no asustarnos de la novedad, a propiciar la fiesta, la fantasía y la sonrisa,  a llenar la vida de esperanza.

Romper para crear. 

El artista rompe y modela el mármol para imaginar y crear. Utiliza la energía y la fuerza, así como su sensibilidad de escultor. Eso supone el camino del Espíritu. Implica romper la tendencia a volvernos normales, a mantenernos siempre dentro de los límites del orden, a no ofrecer alternativas, a sostenernos en la mediocridad y el confort. Ser coherentes con el Espíritu que sigue aireando el corazón marista, es poder hablar de autenticidad, de vida sencilla, de radicalismo evangélico, de honestidad, de ser para los otros.

Humanizar lo divino.

En la escultura del Vaticano hay en mucho corazón, mucha cercanía. Destaca lo natural en un fondo artificial. Grita frescura en la dureza de la piedra. Parece humanizar lo divino. Champagnat desprende el encanto de Dios. Se deja tocar por un niño. Su mano acaricia, es sacramento de encuentro. En el niño se asoma el Dios de la vida, y nos trae la alegría y la utopía.  El aliento del Espíritu que invade a Champagnat, también sabe de gozo de quien acoge la vida, de quien sostiene el futuro, de quien invita a danzar y bailar. Todo ello alienta el Espíritu.

Vivir con sentido.

El aliento del Espíritu no es ocasional. Se adueña, levanta y arrebata, dice la Escritura.  Nos abre a la presencia de Dios, desde el momento en que Dios es la profundidad de lo real, la vida de la vida. Esa fue la mirada de Champagnat, la que veía a Dios en todo. Para nosotros, supone aprender a escudriñar la existencia de un modo habitual para encontrar a Dios que está en el sustrato de la misma. Vivir a fondo es vivir desde la raíz, de forma que cada instante se convierte en oportunidad. Modela nuestra forma de relacionarnos con las personas, con el mundo y con Dios.  El soplo del Espíritu nos hace vivir con pasión, encontrando el alma de nuestro carisma, de nuestra fraternidad, de nuestro itinerario hacia la nueva tierra, dando profundidad a nuestra existencia como maristas.

María, la llena del Espíritu

Vivir en el Espíritu nos lo enseña María de Nazaret. María nos dice que cada acción, por pequeña que sea, acogiendo el soplo del Espíritu, está cargada de eternidad (EMM 37). Su testimonio nos manifiesta que nada de lo humano es indiferente a la fe. El trabajo, la acogida, el humor, el calor y la ternura, la solidaridad, la compasión, la belleza, son trasparencia de Dios.

María es nuestra mediación para la acogida del Espíritu del Señor, el que guió a Marcelino y los primeros hermanos para identificar el camino de fe a partir del pesebre, que nos conduce a compartir las alegrías y sufrimientos de nuestras gentes; a volver a lo esencial, adoptando un estilo sencillo de vida; a descubrir en la fragilidad de los niños, el rostro de Dios. Así como, recordando el altar, nos orienta a vivir el sueño de Dios para la humanidad, la mesa compartida en torno al Padre; a celebrar la fiesta de la vida; a comprometernos en la lucha contra la exclusión.

La cruz, finalmente, bajo inspiración del Espíritu, nos enseña a ser fieles al amor hasta la muerte, porque sólo el amor es digno de fe; nos recuerda la donación de cada día donde se esconde la felicidad sin fin; el abrazo que acompaña el dolor del otro.

Vivir en el Espíritu al estilo marista es el desafío que tenemos para saber transmitir a las futuras generaciones el espíritu fundacional de La Valla, como nos lo expresó el ultimo Capítulo General.

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